CATÁLOGO | Panorama de narrativas
Me voy
Esta vez el Premio Goncourt no nos ha revelado a ningún talento oculto, sino que ha confirmado a quien ya conocíamos como uno de los novelistas más demoledoramente originales de la Europa actual: Jean Echenoz. Más bien parece ser Echenoz el que da lustre al Goncourt, puesto que se trata de uno de sus mejores libros, la espléndida culminación de todo su proyecto narrativo. El título de la novela son las dos primeras palabras que pronuncia su protagonista; en efecto, un domingo por la tarde Félix Ferrer encara a su esposa («mujer de carácter difícil») y le dice: «Me voy». Y a partir de esta primera línea, el lector se va con Félix, férreamente ligado a cada página de la novela por el consabido virtuosismo de Echenoz, en el que la risa y la desesperación conviven con la mayor naturalidad.
Félix es un artista frustrado, reconvertido en galerista, un hombre siempre en fuga, inteligente y algo atormentado, un seductor que no puede permanecer demasiado tiempo junto a una misma mujer (y no siempre por propia voluntad), hiperactivo y cansado, con un corazón siempre al borde de saltar en pedazos y una cuenta corriente que oscila entre el triunfalismo y la catástrofe: un ciudadano de pleno derecho en el resbaladizo universo Echenoz. Pero cuando Ferrer dice que se va, habla en serio: no es que cambie el noveno arrondissement de París por otro barrio, es que emprende un viaje nada menos que al polo Norte en busca de una vasija de una remota cultura, con la que espera convertirse en el rey de esa cacharrería «étnica» que se ha enseñoreado del mercado del arte. Empieza entonces un vértigo de desventuras, con un inesperado episodio en San Sebastián, hasta que, en la última línea del libro, Ferrer declare, nuevamente: «Me voy». Y el milenio se va con él, y quién sabe cuántas cosas más.
Parodia de un mundo cuajado de aeropuertos en el que nos movemos sin enterarnos de nada, de una Europa convertida en un pasillo sin puertas ni ventanas, donde los ricos se apiñan para no ver el horror que los rodea, del arte convertido en mercancía, del amor carcomido por la intolerancia, Echenoz aprende en Flaubert la aguda percepción para captar y reflejar la estupidez humana y la hace pasar por el espanto de Kafka y por la apasionada misantropía de Beckett. Todo ello, como dijo el crítico francés Pierre Lepape, de Le Monde, para componer «una novela realista sobre nuestra pérdida del sentido de la realidad». Una de las pocas novelas imprescindibles que, evocando a Perec, también podría haberse titulado: El próximo milenio: instrucciones de uso.
«Dando una vuelta de tuerca a la novela de aventuras, Echenoz nos da un retrato chusco del arte y su mercado» (Patrick Grainville, Le Figaro).
«Un placer para los lectores» (A. Jenkins, Times Literary Supplement).
«Un gran virtuosismo formal, nimbado de esa incurable melancolía siempre acompañada de humor» (Jean-Marie de Montremy, La Croix).
«Echenoz consigue al mismo tiempo un universo narrativo autónomo y un sorprendente fresco de la vida cotidiana» (La Quinzaine Littéraire).
«En la escritura de Jean Echenoz cada frase es importante. Pero la extrema densidad de lo que se dice queda realzada por la gracia de la manera de decirlo» (Pierre Lepape, Le Monde).
RESEÑAS DE PRENSA
Esta vez el Premio Goncourt no nos ha revelado a ningún talento oculto, sino que ha confirmado a quien ya conocíamos como uno de los novelistas más demoledoramente originales de la Europa actual: Jean Echenoz. Más bien parece ser Echenoz el que da lustre al Goncourt, puesto que se trata de uno de sus mejores libros, la espléndida culminación de todo su proyecto narrativo. El título de la novela son las dos primeras palabras que pronuncia su protagonista; en efecto, un domingo por la tarde Félix Ferrer encara a su esposa («mujer de carácter difícil») y le dice: «Me voy». Y a partir de esta primera línea, el lector se va con Félix, férreamente ligado a cada página de la novela por el consabido virtuosismo de Echenoz, en el que la risa y la desesperación conviven con la mayor naturalidad.
Félix es un artista frustrado, reconvertido en galerista, un hombre siempre en fuga, inteligente y algo atormentado, un seductor que no puede permanecer demasiado tiempo junto a una misma mujer (y no siempre por propia voluntad), hiperactivo y cansado, con un corazón siempre al borde de saltar en pedazos y una cuenta corriente que oscila entre el triunfalismo y la catástrofe: un ciudadano de pleno derecho en el resbaladizo universo Echenoz. Pero cuando Ferrer dice que se va, habla en serio: no es que cambie el noveno arrondissement de París por otro barrio, es que emprende un viaje nada menos que al polo Norte en busca de una vasija de una remota cultura, con la que espera convertirse en el rey de esa cacharrería «étnica» que se ha enseñoreado del mercado del arte. Empieza entonces un vértigo de desventuras, con un inesperado episodio en San Sebastián, hasta que, en la última línea del libro, Ferrer declare, nuevamente: «Me voy». Y el milenio se va con él, y quién sabe cuántas cosas más.
Parodia de un mundo cuajado de aeropuertos en el que nos movemos sin enterarnos de nada, de una Europa convertida en un pasillo sin puertas ni ventanas, donde los ricos se apiñan para no ver el horror que los rodea, del arte convertido en mercancía, del amor carcomido por la intolerancia, Echenoz aprende en Flaubert la aguda percepción para captar y reflejar la estupidez humana y la hace pasar por el espanto de Kafka y por la apasionada misantropía de Beckett. Todo ello, como dijo el crítico francés Pierre Lepape, de Le Monde, para componer «una novela realista sobre nuestra pérdida del sentido de la realidad». Una de las pocas novelas imprescindibles que, evocando a Perec, también podría haberse titulado: El próximo milenio: instrucciones de uso.
«Dando una vuelta de tuerca a la novela de aventuras, Echenoz nos da un retrato chusco del arte y su mercado» (Patrick Grainville, Le Figaro).
«Un placer para los lectores» (A. Jenkins, Times Literary Supplement).
«Un gran virtuosismo formal, nimbado de esa incurable melancolía siempre acompañada de humor» (Jean-Marie de Montremy, La Croix).
«Echenoz consigue al mismo tiempo un universo narrativo autónomo y un sorprendente fresco de la vida cotidiana» (La Quinzaine Littéraire).
«En la escritura de Jean Echenoz cada frase es importante. Pero la extrema densidad de lo que se dice queda realzada por la gracia de la manera de decirlo» (Pierre Lepape, Le Monde).